herencia sacerdotal

La herencia sacerdotal

¿Cuál es la herencia del sacerdote?

1. El amor a Cristo

Antes de confiar su Iglesia a Pedro, Jesús le hizo tres veces la misma pregunta, como para probar su capacidad de Pastor: ¿Me amas? Pregunta que innumerables veces dirige a sus sacerdotes a quienes confía su Iglesia presente en las distintas comunidades: ¿Me amas? Y Pedro -y con Pedro todo verdadero sacerdote- responde: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo (Jn 21, 15-17).

Esta es la herencia sacerdotal. La víspera de su Pasión decía Jesús a sus Apóstoles luego de haberlos ordenado sacerdotes: Como el Padre me amó a mí, Yo también os he amado a vosotros (Jn 15, 9). No me habéis elegido vosotros a mí, sino que Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto (Jn 15, 16).

En esta herencia se encuentra un don inefable. En esta herencia también se encuentra una llamada y una llamada muy com-prometedora, porque ha sido confirmada con el mayor amor: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13).

Estas palabras las pronunció Jesucristo la víspera de su muerte en la cruz, que permanece para siempre como la confirmación del mayor amor. No existió, no existe, ni existirá jamás un amor mayor que este. Sobre la cabeza de todo sacerdote, el Obispo, sucesor de los Apóstoles, y todo su presbiterio, impuso las manos, transmitiendo así los poderes y la misión sacerdotal que los Apóstoles recibieran por vez primera en el Cenáculo, la víspera de su Pasión, la víspera de su muerte en cruz.

– Recibió así la Unción sacerdotal.

– Recibió así la imposición de manos.

– Recibió así la fuerza de este amor, que es el mayor.

De ahí que en primer lugar y por sobre todas las cosas, el sacerdote debe ser un «enamorado de Jesucristo». Si no lo es, es un burócrata, un funcionario, un estéril, seguidor no de Jesús, sino de Caifás. No discípulo de Jesús, sino miembro del Sanedrín.

2. Amor al prójimo

«¿Me amas?» le había preguntado Jesús. A la respuesta de Pedro… le dijo Jesús: Apacienta mis ovejas (Jn 21, 16). Es el segundo amor que Cristo reclama. Más aún, amor que Cristo exige de sus sacerdotes. Que se lo ame a Él en la persona del prójimo:

– de los niños: el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe (Mt 18, 5);

– de los enfermos: estuve enfermo y me visitasteis (Mt 25, 36);

– de los pobres: tuve hambre… sed… desnudo; y me disteis de comer… beber… y me vestisteis (Mt 25, 35);

– de los pecadores: «Jesús oculto en el fondo de su alma».[1]

– de los enemigos: Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen (Mt 5, 44);

– de los cristianos: ¿por qué me persigues? (He 9, 4);

– de todo hombre: estuve preso y vinisteis a verme (Mt 25, 36).

Además debe amar a todo hombre:

– porque nada puede igualar al hombre en dignidad, el cual es:

-creado,

-redimido,

-llamado;

– porque el hombre que quiera comprenderse a sí mismo hasta el fondo… debe -dice Juan Pablo II-, con sus inquietudes, sus incertidumbres, e incluso con su debilidad y pecado, con su vida y su muerte, acercarse a Cristo.[2]

Este amor, esta herencia, es al mismo tiempo, la misión sacerdotal y la misión de toda la Iglesia: hacer todo para que los hombres puedan alcanzar a Cristo.

Siempre tendremos en esto, un modelo, una inspiración y una ayuda en la Santísima Virgen. Nadie amó tanto como Ella a Jesús; como Ella, nadie amó tanto a los hombres y mujeres; nadie ha buscado y busca como Ella todos los medios para que los hombres se acerquen a Cristo.


[1] Santa Teresita de Lisieux, Manuscrito dirigido a la Madre María de Gonzaga, X.

[2] Cfr. Juan Pablo II, Carta encíclica «Redemptor Hominis» (4 de marzo de 1979) 10.