Misa

La prolongación del sacerdocio y del sacrificio: la Santa Misa

Ese milagro es la Santa Misa. El Sacerdocio de Cristo y el Sacrificio de Cristo se prolongan en ella de manera sacramental.

1. La perpetuación del Sacerdocio de Cristo

El Sacerdocio de Cristo no sólo se prolonga en la Misa, sino en toda la liturgia, que es «el ejercicio del Sacerdocio de Jesucristo».[1] De tal modo que, cuando alguien bautiza, confirma, celebra la Eucaristía, confiesa, unge los enfermos, ordena, se casa,[2] es Cristo quien bautiza, confirma, celebra la Eucaristía, confiesa, unge los enfermos, ordena, casa.[3] Cristo continúa realizando los actos de su sacerdocio eterno, a través de sus sacerdotes ministeriales o bautismales.

Jesucristo es el Sacerdote principal de la Santa Misa, porque ofrece todas y cada una de las Misas que se celebran. El mismo acto de oblación interna de la víctima del sacrificio de la cruz, se perpetúa en el acto de oblación interna de la víctima de cada Sacrificio de la Misa, por los poderes que Cristo trasmite a través del sacramento del orden sagrado. De allí que el sacerdote sacramental, como signo sensible y eficaz de Cristo-Cabeza invisible, ofrece, de modo sensible y también eficaz, el Sacrificio del Cuerpo y Sangre del Señor.

En el «ministro ordenado, es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia, como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo Sacerdote de su sacrificio redentor, Maestro de la Verdad».[4] La Iglesia enseña esta verdad al decir que, el sacerdote visible, por haber recibido el sacramento del Orden, «actúa en la persona de Cristo Cabeza»,[5] o sea, en su nombre y con su autoridad. El sacerdote ministerial es imagen de Cristo-Sacerdote: «Es como “ícono” de Cristo-Sacerdote».[6] Cristo es el primer y único Sacerdote de la Iglesia, «todos los demás son sus figuras sacramentales».[7]

Porque ha sido tomado de entre los hombres para que pueda compadecerse de los ignorantes y extraviados; por cuanto él está también rodeado de flaqueza (Heb 5, 1-2), el sacerdote ministerial no está exento de debilidades, limitaciones, imperfecciones, flaquezas humanas, es decir, del pecado. Debe arrepentirse de los mismos, debe confesarse como todo hombre, debe ofrecer el sacrificio y hacer penitencia por sus mismos pecados. Pero la misma fuerza del Espíritu Santo garantiza que, en los sacramentos, «ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia».[8]

El sacerdote ministerial predica la Palabra de Dios, presenta a Dios los dones de pan y vino, los inmola y los ofrece al transustanciarlos en el Cuerpo y la Sangre del Señor, obrando en nombre y con el poder del mismo Cristo, de modo tal que, por sobre él sólo está el poder de Dios, como enseña Santo Tomás de Aquino: «El acto del sacerdote no depende de potestad alguna superior, sino de la divina»,[9] de tal modo, que ni siquiera el Papa, tiene mayor poder que un simple sacerdote, para la consagración del Cuerpo de Cristo: «No tiene el Papa mayor poder que un simple sacerdote».[10]

Los fieles cristianos laicos por razón del Bautismo, en la Santa Misa por manos del sacerdote y junto con el sacerdote, ofrecen la Víctima inmolada a Dios, y se ofrecen a sí mismos con ella, junto con sus trabajos, penas, alegrías, con sus actos de adoración, acción de gracias, de pedir perdón, de peticiones, etc.

2. La perpetuación del Sacrificio de Cristo

 Al mandar a los Apóstoles en la Última Cena: Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24.25), les ordena reiterar el rito del Sacrificio eucarístico de mi Cuerpo que será entregado y de mi Sangre que será derramada (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24.25). Enseña el Concilio de Trento que Jesucristo, en la Última Cena, al ofrecer su Cuerpo y Sangre sacramentados: «a sus apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó… que los ofrecieran».[11]

Es dogma de fe definida que «en el sacrificio de la Misa se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio».[12]

La Misa es verdadero sacrificio por tres razones:

– Porque representa el sacrificio de la cruz;

– porque es el memorial del sacrificio de la cruz;

– y porque aplica el fruto del sacrificio de la cruz.[13]

Cristo dejó a la Iglesia el Sacrificio Eucarístico: «por el que se representara aquel suyo sangriento que había, una sola vez, de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos[14] y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos».[15]

Nuestro Señor quiso que se perpetuase su Sacrificio porque «como no había de extinguirse su sacerdocio por la muerte[16]… para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre, bajo las especies de pan y vino».[17] Para que sus discípulos que, por ser hombres, no sólo tienen alma, sino también cuerpo, pudiesen, como lo pide su naturaleza, tener un Sacrificio visible para ofrecer a Dios.

Como el Sacrificio de Jesucristo, que se realizó de una vez para siempre, es de valor infinito y bastaba para perdonar todos los pecados del mundo, queriendo Él participarlo a los hombres de todos los tiempos, siendo imposible que Cristo muriera de nuevo, porque vive una vida gloriosa e inmortal, nos dejó su único sacrificio, pero de otra manera.

De manera incruenta, es decir, sacramental. No en especie propia, sino en especie ajena, es decir que nos deja su Cuerpo entregado y su Sangre derramada bajo las especies de pan y de vino.

El sacrificio de la cruz se perpetúa en el momento de la doble consagración del pan y del vino; en ese momento aparece, sacramentalmente, la Sangre de Cristo separada del Cuerpo, tal como ocurrió en la cruz. En la Consagración se dan unidas la inmolación y la oblación. Pero entre ellas hay distinción, porque «hay sacrificio cuando se hace algo en las cosas que se ofrecen a Dios; oblación cuando se ofrece algo a Dios, aunque no se haga nada en el don… por eso, todo sacrificio es oblación, pero no viceversa».[18]

«En este divino Sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene y se inmola incruentamente aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo (Heb 9, 27), cruentamente, en el altar de la cruz».[19]

Lo hace Jesucristo, sacerdote principal, sólo por medio del sacerdote sacramental: «Una sola y la misma es la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo solo distinta la manera de ofrecerse».[20]

La hacen Jesucristo, por medio de su sacerdote visible, y los fieles cristianos laicos por medio y junto al sacerdote visible, para unir su oblación a la del mismo Cristo.

En la comunión recibimos «verdadera, real y sustancialmente»[21] el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Al comulgar la víctima del sacrificio se participa del mismo sacrificio; por eso se pregunta San Pablo: ¿No participan del altar los que comen de las víctimas? (1Cor 10, 18), queriendo decir que es evidente que, los que comen la víctima, participan del Sacrificio. En la Misa, comulgar la Víctima es participar del sacrificio de la cruz.

Al comulgar recibimos a Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, Cabeza de la Iglesia; y al unirnos más a Él, nos unimos más a los miembros de su Cuerpo místico. Por eso la Eucaristía hace la Iglesia; es el sacramento de la unidad eclesial: somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de un único pan (1Cor 10, 17).[22]

¡Tengamos siempre más hambre de Eucaristía!

¡Nunca dejemos la Santa Misa! ¡Es el tesoro del cristiano!

¡Allí se perpetúa un profundo misterio, en el que:

«la Vida muere en cruz, en una cruz crucifijo»![23]

¡Allí el pan de los ángeles nos espera para saciarnos!

¡Allí el maná del cielo nos alimenta en nuestro peregrinar!

¡Allí «todo el bien espiritual de la Iglesia se contiene sustancialmente»![24] ¡«Esto es CRISTO»![25]


[1] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, «Sacrosanctum Concilium», 7.

[2] Los cónyuges son los ministros de este sacramento y este el ejercicio más elevado del sacerdocio bautismal.

[3] Cfr. San Agustín, In Ioannem Evangelium, 6, 1, 7.

[4] Catecismo de la Iglesia católica, n. 1548.

[5] Catecismo de la Iglesia católica, n. 1548; cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», 10.28; Constitución sobre la Sagrada Liturgia «Sacrosanctum Concilium», 33; Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el deber pastoral de los Obispos «Christus Dominus», 11; Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros «Presbyterorum Ordinis», 6.

[6] Catecismo de la Iglesia católica, n. 1142.

[7] A. Vonier, Doctrina y clave de la Eucaristía (Buenos Aires 1946) 228.

[8] Catecismo de la Iglesia católica, n. 1550.

[9] Santo Tomás de Aquino, STh, Supl, 40, 4.

[10] Santo Tomás de Aquino, STh, Supl, 38, 1, ad3. El sacerdote ministerial depende del Obispo en «el ejercicio de su potestad», no en la potestad misma, que recibe de Cristo el día de su ordenación sacerdotal. El sacerdote ministerial participa del sacerdocio de Cristo, no del sacerdocio del Obispo, que también es participado del de Cristo, aunque en grado mayor. El Obispo como instrumento, por la imposición de manos, hace participar al presbítero del sacerdocio de Cristo, no del suyo personal.

[11] DS 1739; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1337.

[12] DS 1751; Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1365.1366.

[13] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1366.

[14] Cfr. 1Cor 11, 23ss.

[15] DS 1739; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1366.

[16] Cfr. Heb 7, 24.27.

[17] DS 1739.

[18] Santo Tomás de Aquino, STh, II-II, 85, 3,ad3.

[19] DS 1743.

[20] DS 1743.

[21] DS 1636.1651.

[22] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1396.

[23] Gerardo Diego, Vía Crucis.

[24] Santo Tomás de Aquino, STh, III, 65, 3, ad1; cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre la vida y el ministerio de los presbíteros «Presbyterorum Ordinis», 5; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1324.

[25] STh, III, 79, 1; cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre la vida y el ministerio de los presbíteros «Presbyterorum Ordinis», 5; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1324.