Tierra Santa

Tierra Santa

Con ocasión del primer número de la revista «Incontro»*, que el Instituto del Verbo Encarnado comienza a publicar en Medio Oriente, considero oportuno exponer en este artículo lo que pienso ha de ser la colaboración de los misioneros y misioneras de nuestra familia religiosa del Verbo Encarnado en Tierra Santa. Con este intento, trataré cuatro puntos:

1. La   Iglesia de Jerusalén es la Iglesia Madre;
2. Es de tradición apostólica la ayuda a la Iglesia de Jerusalén;
3. Un Sepulcro;
4. Nuestro pequeño aporte.

            El desarrollo de los mismos nos permitirá valorizar la gracia inmensa que significa para nuestro novel Instituto el poder trabajar apostólicamente en la tierra donde el Verbo Encarnado «nos dejó ejemplo para que siguiéramos sus huellas» (cf. 1 Pe 2, 21).

1. La Iglesia de Jerusalén es la Iglesia Madre. 

            Hay un elemento muy importante en la eclesiología de «comunión» propuesta a partir del Concilio Vaticano II, puesto de relieve particularmente por el diálogo teológico en el movimiento ecuménico: el título de Iglesia Madre no corresponde a la Iglesia de Roma, aún cuando esta tenga la primacía por ser la sede del sucesor de Pedro, sino la Iglesia de Jerusalén. Ella es propiamente la Iglesia Madre. El mismo Obispo de Roma, S.S. Juan Pablo II, no duda en reconocer a la Iglesia Jerosolimitana con este título: «la madre de todas las Iglesias –Jerusalén, que es también madre nuestra…».[1]

            Tiempo atrás, los autores de las reflexiones teológicas sobre El ministerio de Comunión en la Iglesia Universal destacaron que en el período patrístico «las iglesias consideran que la Iglesia de Roma, la iglesia de Pedro y Pablo, es la primera no según el orden cronológico [porque] desde este punto de vista, la madre de todas las Iglesias es Jerusalén (…), sino según el orden apostólico ya que se trata de la Iglesia del jefe de los apóstoles y del apóstol de los gentiles».[2]

            Este papel de Jerusalén como Iglesia Madre ha sido puesto en evidencia por la exégesis de los textos del Nuevo Testamento, particularmente del libro de los Hechos de los Apóstoles. Ya en sus primeros capítulos, la Iglesia de Jerusalén aparece como la Iglesia Madre: de ella parten misioneros, delegados de los apóstoles, apóstoles y decretos; a ella se torna después de una misión; a ella hay que dirigirse para poder visitar a Pedro y a los Apóstoles (cf. Hech 9, 26s; Gal 1, 18s). La Iglesia de Jerusalén se presenta como el lugar donde los apóstoles y los ancianos se reúnen para examinar las cuestiones de los cristianos venidos del paganismo (Hech 15). «Más adelante del libro de los Hechos, se habla de los hermanos, de los ancianos, de los santos de Jerusalén (21,17s; 26,10). Ahora bien, si se comparan estas últimas referencias con las de Hechos 1-15, advierten los exégetas, que estas raras menciones no dejan de sorprender: el redactor ya no describe a Jerusalén como la sede de la Iglesia responsable, sino como el lugar en cual Pablo sufre su pasión, a imagen del Señor».[3]

            Por eso se han preguntado si «esto quizás signifique que Jerusalén no es más responsable de la unidad de las Iglesias y que este rol será tenido por la Iglesia de Roma, hacia la cual Pablo, prisionero, es enviado de un modo misterioso»; también se han preguntado si «la responsabilidad de la unidad que Jerusalén tenía en los orígenes era quizás debida al rol histórico y simbólico de la ciudad santa, junto al hecho de que los apóstoles la habitaban».

            La respuesta no deja de ser una hipótesis ciertamente relevante, que ha originado muchas discusiones y dificultades: «Indudablemente estos factores tienen su importancia. La destrucción de la ciudad hacia el fin del siglo primero puede explicar también el fin de la preeminencia de la Iglesia que allí estaba implantada. Pero el Nuevo Testamento no dice jamás que otra Iglesia ha tomado la sucesión de la de Jerusalén: el primado de la Iglesia de Pedro y Pablo, es decir, de Roma, es un dato posterior al Nuevo Testamento».[4]

            Sin embargo, Pablo VI habló de que: «”Hay  que encontrar una misteriosa relación y afinidad entre aquella tierra y Jesucristo, y Pedro, y su sucesión en Roma”, como recordamos la tarde del retorno a Roma desde nuestra peregrinación a Tierra Santa».[5]

            Aquí sólo me interesa remarcar el papel de la Iglesia Madre de Jerusalén en la eclesiología de «comunión», ya que todas las demás Iglesias locales, como expresa el p. Tillard, «están llamadas a convertirse en Iglesias hermanas»:

            «En este contexto la cualidad de Iglesias hermanas está reservada a las Iglesias de Oriente, esencialmente a causa de su Eucaristía apostólica. Pero es evidente que en la comunión eucarística “plena y perfecta”[6] hacia la que se dirigen, todas las comunidades cristianas están llamadas a convertirse en Iglesias hermanas de la Iglesia de Roma y de todas las Iglesias en comunión. Esta expresión, que fue el eje del diálogo entre Pablo VI y Atenágoras I (Breve Anno ineunte), conserva en la encíclica Ut unum sint del Obispo de Roma el sentido que le confiere la tradición oriental. Para esta última, todas las Iglesias, entre las cuales la de Roma es la mayor, son hermanas iguales en dignidad. Puesto que todas tienen un mismo Padre (el de Cristo Jesús) y nacen de la única comunidad que tiene título de madre, la Iglesia apostólica de Pentecostés en Jerusalén. La Iglesia de Roma es la primera, la principalior, la que tiene el primado (por su relación constitutiva con Pedro, el primero de los Apóstoles, y con Pablo), pero no es Madre».[7]

            ¿Qué consecuencias trae esta consideración de Jerusalén como Iglesia-Madre? De ninguna manera se pretende devolver a la Iglesia Jerosolimitana la primacía en el servicio de la unidad de todas las Iglesias, pero en opinión del p.Tillard, «las consecuencias eclesiológicas de esta precisión van más allá del restablecimiento de los vínculos entre Roma y Oriente. Superan también el campo del ecumenismo. En efecto, estas consecuencias se refieren también a la situación de todas las iglesias particulares “congregadas en torno a su obispo” (n. 56), que están en comunión con la Iglesia de Roma y con su Obispo. Cuando describe las estructuras de la Iglesia según el modelo de la relación que unía a Pedro y a los Once y afirma que hay que referirse a “esta unidad estructurada así”, porque pertenece al “patrimonio apostólico” (n. 55), la encíclica Ut unum sint explicita las afirmaciones centrales de la Lumen gentium sobre el carácter apostólico. En efecto, la Iglesia debe seguir este modelo originario hasta el fin de los tiempos. Pensando en el ejercicio del primado romano con vistas a la comunión plena, precisa, por tanto, que se trata de un servicio “confiado también dentro del Colegio de los Obispos, “en el grupo de todos los pastores”. Añade que dicho servicio consiste precisamente en el “vigilar”, como un centinela, “de modo que, gracias a los pastores, se escuche en todas las Iglesias particulares la verdadera voz de Cristo-Pastor” (n. 94)».[8]

            En última instancia, toda comunidad cristiana tiene que tener como referencia la comunidad ideal de la Iglesia Madre, donde «la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma» (Hech 4, 32).

 2. Es de tradición apostólica la ayuda a la Iglesia Madre.

            Pienso que toda limosna para la Iglesia Madre de Jerusalén tiene una raíz histórica muy significativa e inclusive «teológica».

            Una raíz histórica, porque toda «limosna» a favor de la Iglesia Jerosolimitana se encuadra en el ejemplo de los primeros cristianos, para quien fue una «prioridad» esta ayuda, como se ve de modo notorio en los Hechos de los Apóstoles con la ocasión de la primera limosna organizada por la Iglesia de Antioquía a favor de la Iglesia Madre: «Por aquellos días bajaron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Agabo, movido por el Espíritu, se levantó y profetizó que vendría una gran hambre sobre toda  la tierra, la que hubo en tiempo de Claudio. Los discípulos determinaron enviar algunos recursos, según las posibilidades de cada uno, para los hermanos que vivían en Judea. Así lo hicieron y se los enviaron a los presbíteros por medio de Bernabé y de Saulo» (Hech 11, 27-30).

            Además, el valor particular se encuentra en el hecho de que es de tradición apostólica la limosna a la Iglesia de Jerusalén. Llama la atención los numerosos pasajes del Nuevo Testamento que hacen alusión a la colecta organizada por San Pablo en las iglesias por él fundadas, para la cual dio minuciosas instrucciones en sus cartas: «En cuanto a la colecta en favor de los santos, haced también vosotros tal como mandé a las Iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana (domingo), cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas cuando llegue yo. Cuando me halle ahí, enviaré a los que hayáis considerado dignos, acompañados de cartas, para que lleven a Jerusalén vuestra liberalidad. Y si vale la pena de que vaya también yo, irán conmigo» (1 Co 16, 1- 4).[9]

            El Apóstol vio en la organización de esta colecta una ocasión favorable para poner a prueba la sinceridad de la caridad de las Iglesias nacientes:

            «Y del mismo modo que sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en esta generosidad. No es una orden; sólo quiero, mediante el interés por los demás, probar la sinceridad de vuestra caridad. Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8, 7-9).

            Fue también una ocasión para enseñar a los cristianos de su tiempo y a los de todos los siglos la virtud de la generosidad: «Mirad: el que siembra con mezquindad, cosechará también con mezquindad; el que siembra en abundancia, cosechará  también en abundancia. Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante para toda obra buena. Como está escrito: Repartió a manos llenas; dio a los pobres; su justicia permanece eternamente. Aquel que provee de simiente al sembrador y de pan para su alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentará los frutos de vuestra justicia» (2 Co 9, 6-10).

            Por eso llega a mostrarse vehemente en la recomendación de esta limosna: «mostrad, pues, ante la faz de las Iglesias, vuestra caridad y la razón de nuestro orgullo respecto de vosotros» (2 Co 8, 24).[10]

            Esta «generosidad» de los cristianos provenientes de la gentilidad estaba motivada, particularmente por una razón que se puede considerar como teológica, puesta en evidencia en la carta a los Romanos: «Voy a Jerusalén para el servicio de los santos, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén. Lo tuvieron a bien, y debían hacérselo; pues si los gentiles han participado en sus bienes espirituales, ellos  a su vez deben servirles con sus bienes temporales. Así que, una vez terminado este asunto, y entregado oficialmente el fruto de la colecta, partiré para España, pasando por vosotros» (Rm 15, 25-28).

            En razón de esto, «la largueza» para la cual los santos provenientes de la gentilidad son «ricos» (cf. 2 Co 9, 11), «provocará por nuestro medio acciones de gracias a Dios» entre los cristianos provenientes del Judaísmo: «Porque el servicio de esta ofrenda no sólo provee a las necesidades de los santos, sino que redunda también en abundantes acciones de gracias a Dios. Experimentando este servicio, glorifican a Dios por vuestra obediencia en la profesión del Evangelio de Cristo y por la generosidad de vuestra comunión con ellos y con todos. Y con su oración por vosotros, manifiestan su gran afecto hacia vosotros a causa de la gracia sobreabundante que en vosotros ha derramado Dios. ¡Gracias sean dadas a Dios por su don inefable!» (2 Co 9, 12-15).

            Creo que todas estas razones eran más que suficientes para disponernos a acudir según nuestra medida en ayuda de la Iglesia Madre, cuando leímos en L’Osservatore Romano[11] el apremiante llamado de solidaridad para con la Iglesia de Jerusalén dirigido a los cristianos de todo el mundo por el Patriarca de Jerusalén, Su Beatitud Michel Sabbah.

            Sobre la prontitud en la respuesta, bien había advertido el Apóstol cuando organizaba la limosna para los santos de Jerusalén: «si hay prontitud de voluntad es bien acogida con lo que se tenga, y no importa si nada se tiene. No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad. Al presente, vuestra abundancia remedia su necesidad, para que la abundancia de ellos pueda remediar también vuestra necesidad y reine la igualdad, como dice la Escritura: El que mucho recogió, no tuvo de más; y el que poco, no tuvo de menos» (2 Co 8, 12-14).

            La abundancia con la que el Señor nos había bendecido en aquel momento y, por su gracia, lo sigue haciendo en la actualidad, no consistía precisamente en bienes de orden material, sino sobrenatural: el don de un número considerable de vocaciones misioneras.

            Por ello, respondiendo a ese pedido, nuestro Instituto vio la necesidad de solidarizarse con la Iglesia Madre enviando sacerdotes, que era la limosna que considerábamos estaba a nuestro alcance. En cierta manera, era como que «nuestra abundancia remediaba su necesidad, para que la abundancia de ellos pudiera remediar también nuestra necesidad» (cf. 2 Co 8, 14), porque no sólo habían razones necesarias, sino también de mucha conveniencia para los miembros de nuestra familia religiosa que estudiasen, trabajasen o peregrinasen en Tierra Santa. Por eso fueron enviados dos sacerdotes licenciados en las Universidades romanas para colaborar como formadores en el Seminario Patriarcal Latino.

            Nuestro Instituto propiamente ingresó a trabajar en Tierra Santa el 25 de agosto de 1993, fecha en la que el p. Marcelo Gallardo asumía como profesor en el Seminario Patriarcal de Jerusalén.

            Se sumó a la motivación de nuestro intento el ejemplo de uno de los grandes fundadores de congregaciones religiosas, San Francisco de Asís, quien consideraba a la provincia franciscana de Tierra Santa como «la perla de todas las Provincias».[12]

            Sin embargo, ciertamente que lo que más nos movió a prestar el servicio de misioneros para Tierra Santa fue la presencia de un lugar, único en el mundo, que se ha constituido para todos como «un signo esencial» de la Resurrección como «acontecimiento histórico y trascendente»[13]: el sepulcro vacío.

 3. Un sepulcro.

           El sepulcro desde donde resucitó nuestro Señor fue, desde el día mismo de Pascua de Resurrección, meta de peregrinaciones. Así encontramos en los Santos Evangelios que las primeras en peregrinar al Santo Sepulcro fueron las santas mujeres:

           «Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro… El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro… y entraron…» (Lc 23, 55; 24, 1.3);

            «María Magdalena, María la de Santiago y Salomé… muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro…» (Mc 16, 1);

             «Al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro…» (Mt 28, 1).

             El primero de los Apóstoles en entrar en el sepulcro, abierto en la roca viva, fue Pedro, el primer Papa: «Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido» (Lc 24, 12).

             Luego los demás Apóstoles –como por ejemplo Juan–: «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20, 8; cf. Lc 24, 24).

             Y, como cuenta la tradición, también la Santísima Virgen peregrinó al Santo Sepulcro.

             Y a través de los siglos siguió siendo meta de peregrinaciones.

            «Desde el día de la resurrección, cuando los fieles del divino Maestro se acercaron a visitar el sepulcro, el primer núcleo judeo-cristiano tiene el mérito de conservar el recuerdo de los más importantes lugares santos, y de indicar las huellas a los peregrinos que bien presto comenzaron a frecuentarlos», decía Pablo VI en su Carta Le necessità della Chiesa in Terra Santa.[14]

             Me permito citar un extenso pasaje de esta Carta donde el primer Papa que regresó a Tierra Santa después de Pedro, destaca las vivencias históricas de los lugares sagrados: «Es verdad que el cristianismo es religión universal, no ligada a ningún país, y que sus seguidores “adoran al Padre en espíritu y verdad”, pero eso está también fundado sobre una revelación histórica. Junto a la “historia de la salvación” existe una “geografía de la salvación”. Por tanto, los lugares santos tienen el privilegio de ofrecer a la fe un irrefragable sustento, permitiendo al cristiano venir en contacto directo con el ambiente, en el cual “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

             Recientes descubrimientos arqueológicos, realizadas por importantes institutos culturales –entre los cuales la Escuela Bíblica de los padres dominicos y el “Studium” de los padres franciscanos de la Custodia– han llevado a la luz nuevos vestigios que se remontan a los tiempos de Cristo y de los Apóstoles.

             Hacia fines del siglo IV existen documentos que hablan de peregrinos de viaje hacia Tierra Santa, indicando su itinerario para facilitar el camino.

             Más tarde, el conocido códice de Arezzo describe ya sea los monumentos existentes en Tierra Santa, ya las ceremonias que allí se venían celebrando, especialmente en Jerusalén durante la Semana Santa.

             San Jerónimo, con su permanencia en Palestina y con el impulso por él dado a los estudios bíblicos, acrecentó notablemente el interés del mundo cristiano occidental y de los ámbitos culturales hacia la tierra de Jesús: fue propiamente entonces que fueron construidos en Belén dos conventos y un hospicio, signo evidente de una notable influencia de peregrinos»

             Aunque en seguida Tierra Santa continuó atrayendo a sí, no obstante los peligros del viaje y las limitaciones y lentos medios de comunicación, numerosos peregrinos: se multiplicaron por esto, con la ayuda de generosos benefactores, conventos e iglesias: la ciudad y incluso el desierto de poblaron de monjes y de penitentes de toda nación y rito, que en la tierra del Señor redescubrían las fuentes de la vida cristiana».[15] Todavía hoy se puede encontrar allí esta fuente. El Papa constata esta necesidad para todos los cristianos: «Esta tierra bendita llegó a ser, por tanto, en cierto modo, el patrimonio espiritual de los cristianos de todo el mundo, los cuales claman poderla visitar, en piadosa peregrinación, al menos una vez durante la vida, para saciar su devoción y expresar su amor a Dios…».[16]

             Entre los más célebres peregrinos de la historia de la Iglesia, hay que mencionar: Orígenes, Santa Elena, San Jerónimo, la peregrina Eteria, San Francisco de Asís, San Luis Rey, San Ignacio de Loyola, Pablo VI, Juan Pablo II…

             Cuando los musulmanes ocuparon Jerusalén y mataban a los peregrinos cristianos, la Cristiandad se puso a una de pie y realizó una de las jornadas épicas de la historia: las Cruzadas.

             El motivo esencial de las Cruzadas, más allá de todas las limitaciones y defectos humanos, fue recuperar la roca del sepulcro donde había resucitado Jesucristo.

             Luego de más de un siglo, cuando las cruzadas perdieron su razón de ser, por haber alcanzado su objetivo, se transformaron en custodia. Es decir que, luego de recuperar los Lugares Santos lo que había que hacer era custodiarlos. Esta misión, servida desde hace siete siglos por los hijos de San Francisco en nombre de la Iglesia, recibe desde antiguo la denominación canónica de Custodia de Tierra Santa.

            Con la caída de San Juan de Acre en manos de los musulmanes (1291), se instauró definitivamente en Palestina el dominio islámico. Pero la presencia franciscana en Tierra Santa, que se remonta a los albores mismos de la Orden[17], permitió la Custodia de los Lugares Santos, particularmente del Santo Sepulcro. Fueron los frailes franciscanos refugiados en Chipre, donde estaba la sede de la Provincia de Oriente, quienes continuaron ensayando y programando toda forma posible de presencia en Jerusalén y en las otras zonas de los santuarios palestinos. La Provincia de Tierra Santa  había sido reducida en 1263 –para una más eficaz organización de la actividad evangelizadora– a Chipre, Siria, Líbano y Palestina; y a su vez fue subdividida en otras circunscripciones, llamadas Custodias. Nacieron así las Custodias de Chipre, Siria y la más propiamente denominada de Tierra Santa. Esta comprendía los conventos de Acre, Antioquía, Sidón, Trípoli, Tiro, Jafa y Jerusalén.

             El mismo Papa Juan XXII había facultado  al Ministro Provincial de Tierra Santa para enviar, todos los años, a dos de sus frailes a los lugares santos. En efecto, aunque los cristianos fueron oficialmente proscritos de Tierra Santa, los Frailes Menores continuaron presentes y ejerciendo allí todo el apostolado posible[18].

             En 1333, los Frailes Menores rescataron el Santo Cenáculo y fundaron junto a él un convento. Al mismo tiempo, los musulmanes reconocían a los Frailes Menores como oficiantes habituales de la basílica del santo Sepulcro.

             Pero el retorno definitivo de los Frailes Menores a Tierra Santa, con la posesión legal de determinados santuarios y el derecho de uso en otros, se debió a la munificencia de Roberto de Anjou y de la Reina Sancha de Mallorca, reyes de Nápoles, los cuales obtuvieron del Sultán de Egipto, por mediación del franciscano fray Rogelio Garini, la propiedad del Santo Cenáculo y el derecho de oficiar en el Santo Sepulcro. Estos reyes determinaron que fueran los Frailes Menores a ejercer tales derechos en nombre y a expensas de la cristiandad. El Papa Clemente VI, con las bulas Gratias agimus y Nuper carissimae, de 1342, aprobó la donación de los reyes de Nápoles y dio normas para el nuevo organismo eclesiástico-religioso.[19]

             Los frailes adscritos a Tierra Santa podían provenir de todas las Provincias de la Orden y quedaban, desde su incorporación al servicio de Tierra Santa, bajo la jurisdicción del Padre “Guardián del Monte Sión de Jerusalén”, que dependía a su vez del Ministro Provincial de Tierra Santa, con sede entonces en Chipre.

             Esta presencia ininterrumpida de los Franciscanos en Tierra Santa hizo posible la restauración del Patriarcado latino de Jerusalén en 1847. En la actualidad, la Custodia de Tierra Santa es una Provincia autónoma de la Orden de los Frailes Menores. Juan Pablo II, en carta autógrafa al Ministro general de la Orden de Frailes Menores, del 30 de noviembre de 1992, ha recordado el acontecimiento de la encomienda de los Lugares Santos a la Orden y ha exhortado a los Frailes Menores a continuar y perseverar en fidelidad al mandato que la Sede Apostólica les encomendó en su tiempo.

            En la actualidad, los Santuarios de la Custodia de Tierra Santa son 74, a saber[20]:

Santuarios de la Custodia de Tierra Santa 

a) En propiedad de la Custodia

GALILEA:

  21

JUDEA:

34

SIRIA:

2
JORDANIA:1
Total:                                       

58

b) Santuarios en JUDEA:

En poder de hebreos o musulmanes:

3
En propiedad compartida con otros ritos:3
En poder de otros ritos:10

TOTAL GENERAL DE SANTUARIOS:                   

74

            La importancia de la misión llevada a cabo por la Custodia de Tierra Santa particularmente se ve en la custodia del Santo Sepulcro, testigo del acontecimiento que ningún humano vio: «”¡Qué noche tan dichosa –canta el «Exultet» de Pascua–, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Tampoco su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos de alguno. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado. La Resurrección pertenece al centro del Misterio de la fe, que trasciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13,31).[21]

            El Catecismo de la Iglesia Católica hace hincapié en la importancia del valor testimonial del sepulcro vacío que, si bien no es en sí «una prueba directa» de la Resurrección, es «un signo de valor esencial».

            «”¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24,5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo. A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres, después de Pedro. “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo” (Jn 20,6), “vio y creyó” (Jn 20,8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro»[22].

            Para los cristianos seguir custodiando el Santo Sepulcro, promoviendo peregrinaciones al mismo, significa continuar custodiando este «signo de valor esencial» del acontecimiento trascendente de la Resurrección, cuyo «sentido y alcance salvífico» es insuperable sobre todo por estas razones:

            1.ª «”Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (1 Co 15,14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido».[23]

            2.ª «La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8,28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era “Yo Soy”, el Hijo de Dios y Dios mismo».[24]

4. Nuestro pequeño aporte 

            El trabajo del Instituto del Verbo Encarnado en Tierra Santa quiere ser un granito de arena al aporte multisecular y heroico de la Custodia franciscana durante casi 700 años y con la Iglesia que peregrina en Jerusalén y en Medio Oriente en cualquiera de las comunidades cristianas, que son los Santuarios vivos del pueblo de Dios.

            Los misioneros del Verbo Encarnado que año a año viajan en peregrinación a Jerusalén o estudian en Palestina pretenden encontrar en Tierra Santa las raíces de la Iglesia en los lugares santos donde nació, vivió, murió y resucitó Nuestro Señor Jesucristo y tiene una única finalidad: colaborar con la Iglesia de Jerusalén.

            Además, se podría decir que volver a Jerusalén es retornar al fundamento primigenio de la vocación misionera; porque allí tuvo su origen la predicación del Evangelio según estaba decretado en el plan divino, como señaló el Señor a los discípulos de Emaús, cuando les «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras»: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 46-48).

            Del valor de este hecho, hace alusión el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia: «Mas lo que ha sido predicado una vez por el Señor, o lo que en Él se ha obrado para salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra, comenzando por Jerusalén, de suerte que lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación alcance su efecto en todos en el curso de los tiempos».[25]

            También nosotros queremos ser testigos de este hecho y colaborar con los Pastores de la Iglesia, en el diálogo interreligioso con el Judaísmo y con el Islam.

            a) Con el Judaísmo: «Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita, gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según el Apóstol, los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación. La Iglesia, juntamente con los profetas y el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán como un solo hombre (Sof 3,9).

            Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue, sobre todo, por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno».[26]

            Son altísimas las razones que señala el Concilio, por las cuales debemos comprometer nuestros esfuerzos en esta tarea:

            1.º «Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los patriarcas, en Moisés y en los profetas, conforme el designio salvífico de Dios».
2.º «Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abraham según la fe, están incluidos en la vocación del mismo patriarca y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de la esclavitud».
3.º «Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con que Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza…»
4.º «…ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo, en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles».
5.º Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra Paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo».
6.º Además, «la Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, “a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas; y también los patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne” (Rm 9,4-5), hijo de la Virgen María».
7.º «Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo».[27]

            b) Con el Islam. Especialmente queremos hacer nuestro aporte al diálogo interreligioso con el Islam, también por muy razones de muy alta consideración.

            Como enseña el Concilio, «la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo, con la oración, las limosnas y el ayuno».[28]

            Sabemos por la experiencia de nuestros misioneros y la de tantos que les han precedido, estimulado y aconsejado, que esta misión en Tierra Santa es particularmente difícil. Principalmente consiste en el apostolado que se ha denominado «de la presencia». La presencia auténticamente cristiana significa el testimonio de la caridad, que es un modo eficacísimo de predicación del Evangelio, como lo han demostrado y siguen haciéndolo entre tantos –pero de manera muy singular–, la Madre Teresa de Calcuta y sus religiosas.

            Es un modo de seguir las huellas indelebles, que al respecto fueron trazadas por el Concilio Vaticano II: «Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren sinceramente una mutua comprensión, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y libertad para todos los hombres».[29]

            Esto es parte de la misión que heredan los misioneros y misioneras de nuestros Institutos en Tierra Santa: trabajar por el diálogo de la salvación, porque –como señala el Concilio con vehemencia, contraponiéndose a la estéril postura de los que niegan la necesidad de la misión–, «Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente, y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia».[30]

            Hago votos con el Apóstol, «suplicando por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que luchemos juntamente en nuestras oraciones rogando a Dios para que nos vemos libres de los incrédulos de Judea, y el socorro que llevamos a Jerusalén sea bien recibido por los santos» (cf. Rm 15, 25-31).


* En efecto, este artículo fue publicado, en italiano, en el nº 1 de dicha revista, pp.  9-26. La reciente visita del Papa a Tierra Santa le confiere particularidad actualidad.

[1] Juan Pablo II, Mensaje para el XVI Centenario de la muerte de San Cirilo de Jerusalén; Enchiridion Vaticanum, volumen 10, Documentos de la Santa Sede (1986-1987), Roma, 7 de marzo de 1987, n. 1254. Y el 26 de marzo de 2000 desde la Basílica de la Resurrección de Jerusalén, dijo: “En ésta, la Madre de todas las Iglesias (San Juan Damasceno) …”.
[2] El Ministerio de Comunión en la Iglesia Universal, n. 41; en: Enchiridion Oecumenicum, vol. 2, Dialoghi locali, (1965-1987), Francia, 5 de septiembre de 1985, n. 1047.
[3] Ibid., n. 116 (en Enchiridion Oecumenicum, volumen 2, 1122).
[4] Ibid., n. 117 (en Enchiridion Oecumenicum, volumen 2, 1123).
[5] Pablo VI,   La necesidad de la Iglesia en Tierra Santa, en Enchiridion Vaticanum, volumen 5, Documentos de la Santa Sede (1974-1976), Roma, 25 de marzo de 1974, n. 158.
[6] Cf. Concilio vaticano II, Unitatis redintegratio, 5.
[7] P. Jean Marie R. Tillard, o.p., Consultor del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos,  Del decreto conciliar sobre el ecumenismo a la encíclica “Ut unum sint”; en L’ Osservatore Romano nº 12, (ed. española) del 22 de marzo de 1996, p. 11 (159).
[8] Ibid.
[9] San Pablo se aseguró los frutos de la misma, advirtiendo previamente toda inercia «en la voluntad» con respecto a la ejecución de la colecta: «Os doy un consejo sobre el particular: que es lo que os conviene a vosotros, ya que desde el año pasado habéis sido los primeros no sólo en hacer la colecta, sino también en tomar la iniciativa. Ahora llevadla también a cabo, de forma que a vuestra prontitud en la iniciativa corresponda la realización conforme a vuestras posibilidades. Pues si hay prontitud de voluntad es bien acogida con lo que se tenga, y no importa si nada se tiene» (2 Cor 8, 10-12); «En cuanto a este servicio en favor de los santos, me es superfluo escribiros. Conozco, en efecto, vuestra prontitud de ánimo, de la que me glorío ante los macedonios diciéndoles que Acaya está preparada desde el año pasado. Y vuestro celo ha estimulado a muchísimos. No obstante, os envío a los hermanos para que nuestro motivo de gloria respecto de vosotros no se desvanezca en este particular y estéis preparados como os decía. No sea que vayan los macedonios conmigo y os encuentren sin prepararos, y nuestra gran confianza se torne en confusión nuestra, por no decir vuestra» (2 Cor 9, 1-4). Además, la colecta significó todo un movimiento organizativo: «… he creído necesario rogar a los hermanos que vayan antes donde vosotros y preparen de antemano vuestros ya anunciados generosos dones, a fin de que sean preparados como dones generosos y no como una tacañería» (2 Cor 9, 5).
[10] Esta insistencia del Apóstol motivó que el «servicio a favor de los santos» tuviera una muy buena acogida en las Iglesias hermanas de la gentilidad: «Os damos a conocer, hermanos, la gracia que Dios ha otorgado a las Iglesias de Macedonia. Pues, aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad. Porque atestiguo que según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades, espontáneamente nos pedían con mucha insistencia la gracia de participar en el servicio en bien de los santos. Y superando nuestras esperanzas, se entregaron a sí mismos, primero al Señor, y luego a nosotros, por voluntad de Dios, de forma que rogamos a Tito llevara a buen término entre vosotros esta generosidad, tal como la había comenzado» (2 Cor 8, 1-6).
[11] «¡Debéis venir a Jerusalén! Tenéis la obligación de visitar la Iglesia Madre. Los que viven allí encuentran todavía dificultades; los tiempos son todavía difíciles. (…) Las Iglesias de Oriente y Occidente necesitan constructores de paz y de perdón»; cf. L’Osservatore Romano, n. 11, 15 de marzo de 1991, p. 11 (137).
[12] «Incluso hasta la apertura en todo el mundo de las otras misiones de la Orden franciscana, la misión en Tierra Santa ha seguido llamándose, hasta nuestros días, la perla de todas las Misiones La visitó el propio San Francisco, que permaneció varios meses en Egipto, Siria y Palestina, de 1219 a 1220. A este período corresponde el célebre encuentro de Francisco con el sultán Melek-el-Kamel, que tanto asombró a la Iglesia de entonces y que aún en siglos sucesivos fue un sello de espíritu ecuménico para la aventura misional de los franciscanos por tierras del oriente, medio y lejano, ya entre los “infieles”, ya entre los “hermanos separados”. Bastará recordar las expediciones misioneras de Frailes Menores como Juan de Pian Carpino, Odorico de Podernón, Juan de Montecorvino, Juan de Mariñoli, que se adentraron hasta Rusia, el Tibet, la China». Cf. el artículo La Custodia de Tierra Santa. Breves datos históricos en: Fr. Giuseppe Nazzaro, ofm, Presencia franciscana en Tierra Santa, Jerusalén, 1994, pp. 8-9.
[13] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 640.
[14] Enchiridion Vaticanum, volumen 5 – Documentos de la Santa Sede (1974-1976), Roma, 25 de  marzo de 1974, n. 162.
[15] Ibid., n. 165-167.
[16] Ibid.,   159.
[17] En el Capítulo general de 1217, donde la Orden se dividió en Provincias, nació también la Provincia de Tierra Santa, que abarcaba todas las regiones en torno a la cuenca sudoriental del Mediterráneo, de Egipto a Grecia, y más allá.
[18] Es segura su permanencia al servicio del Santo Sepulcro entre los años 1322-1327.
[19] «Damos gracias al Dispensador de todas las gracias ensalzándole porque encendió tal celo fervoroso de devoción y de fe en nuestros carísimos hijos en Cristo, el rey Roberto y Sancha, reina de Sicilia, ilustres en honrar al Redentor y Señor Nuestro Jesucristo, que no cesan de obrar con infatigable amor lo que conviene en alabanza y honor del Santo Sepulcro del Señor y de otros Lugares Santos de Ultramar. Hace poco tiempo ha llegado a nuestra Sede Apostólica la agradable notificación del rey y de la reina, cómo ellos con grandes gastos y penosas negociaciones obtuvieron del sultán de Babilonia (Cairo), que ocupa el Sepulcro del Señor y otros Lugares Santos de Ultramar, santificados por la sangre del mismo Redentor, con grave vergüenza de los Cristianos, que los frailes de vuestra Orden puedan residir continuamente en la Iglesia del Santo Sepulcro y celebrar allí dentro solemnemente Misas cantadas y Divinos Oficios; cómo ya se encuentran en aquel lugar algunos frailes de dicha Orden; y además de esto el mismo sultán concedió al rey y a la reina el Cenáculo del Señor, la capilla donde el Espíritu Santo se apareció a los Apóstoles y la otra capilla donde Cristo después de su resurrección se manifestó a los Apóstoles, estando presente Santo Tomás; y cómo la reina construyó un lugar (=convento) en el Monte Sión, en cuyo ámbito, como se sabe, están el Cenáculo y las dos capillas mencionadas; porque desde hace mucho tiempo ella ha intentado mantener allí continuamente a su coste doce frailes de vuestra Orden para cumplir el Divino Oficio en la iglesia del Santo Sepulcro, junto con tres personas seglares al servicio de los mismos frailes y para el despacho de sus necesidades…». Bula Gratias agimus del Papa Clemente VI, dada en Aviñón el 21 de noviembre de 1342. Esta bula es la Constitución jurídica de la “Custodia de Tierra Santa”.
[20]  Cf. Presencia franciscana…, o.c., p. 11.
[21] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 647.
[22] Ibid, n. 640.
[23] Ibid, n. 651.
[24] Ibid, n. 653.
[25] Concilio vaticano II, Ad gentes, 3.
[26] Concilio vaticano II, Nostra aetate, 4.
[27] Ibid., 3.
[28] Ibid.
[29] Ibid.
[30] Ibid., 4.