Iglesia

Reglas para sentir con la Iglesia según San Ignacio de Loyola

Reglas para sentir con la Iglesia

Conferencia dada por el R.P. Carlos M. Buela, V.E., el 9 de noviembre de 1995, en la Iª Jornada sobre «Sensus Ecclesiae»

 Las «Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener», de San Ignacio de Loyola, comúnmente se conocen como «Reglas para sentir con la Iglesia».

 Voy a exponer brevemente y en forma muy resumida, de manera telegráfica, estas 18 reglas que trae el Santo, porque como habrá otras semanas sobre el tema de «sensus Ecclesiae», se puede después desarrollar más específicamente. Y, si me da el tiempo, voy a terminar con otras reglas que trae San Ignacio, las cuales me parece que son importantes para que tengamos una visión íntegra de lo que tiene que ser el «sensus Eclesiae», que no es solamente la dimensión vertical, sino que es también la dimensión horizontal. Ese otro documento que trata San Ignacio es sobre la limosna, la cual hay que entender en sentido amplio, es decir, en todo lo que hace al amor al prójimo.

 En forma resumida queda ahí los dos grandes ítem que constituyen las Reglas para sentir con la Iglesia, según San Ignacio de Loyola.

 La primera parte lo que dice respecto a la fe; la segunda parte lo que dice respecto a la vida cristiana. Estas Reglas para sentir con la Iglesia las escribió el Santo estando en Roma, entre el año 1539 y 1541, fecha donde concluye con la redacción definitiva del libro de los Ejercicios Espirituales, tal como han llegado a nosotros.

I

Lo que dice respecto a la fe

1. Sentir con la Iglesia implica rechazar el sectarismo. Tiene que haber una disposición de la mente y del corazón en el bautizado dispuesto siempre a seguir a aquél a quién el mismo Jesucristo puso como cabeza visible de su Iglesia, es decir, Pedro. Por eso dice en la primer regla: «depuesto todo juicio -vale decir, dejando de lado todo lo que nosotros podamos pensar-, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo Nuestro Señor, que es nuestra santa madre la Iglesia Jerárquica»1 .

 En la regla decimotercera lo dice de una manera hermosísima, porque es una exageración, pero usa de la exageración justamente para hacer ver la fuerza del principio: «Debemos siempre tener, para en todo acertar -es decir, para no equivocarse- que lo blanco que yo veo, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina»2 . Fíjense: veo la pared blanca y la Iglesia Jerárquica me dice que es negra: ¡es negra! Y da la razón de esto: «creyendo que entre Cristo, Nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras almas, porque por el mismo Espíritu y Señor Nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia».

2. En segundo lugar, una cosa que es muy delicada y que hay que tener muy en cuenta, sobre todo cuando se trata de la educación de jóvenes (como suelen ser los seminaristas y las monjitas). Muchas veces por enfatizar una verdad, pero enfatizarla de manera unilateral, resulta que se está dejando de lado o se está oscureciendo, o se está minusvalorando, otra verdad también revelada. Entonces se puede llevar a actitudes que finalmente terminan siendo poco eclesiales. Por ejemplo: acción y contemplación. Si uno habla de tal manera de contemplación que no hace acción, se puede caer en el quietismo; o habla de tal manera de la acción sin contemplación, se cae en el activismo o americanismo; o se habla de tal manera de lo espiritual y de lo sobrenatural, se cae en el angelismo; o se habla de tal manera de lo temporal, olvidándose de lo espiritual y sobrenatural, que caen en el temporalismo.

 Siempre va a estar, y esto mismo viene del misterio del Verbo Encarnado, que existen unas dobles realidades que lejos de oponerse se complementan y se integran perfectamente bien. Hay que tenerlas en cuenta justamente para evitar de caer así, en ese tipo de particularismos que pueden ser nefastos. En la formación de los seminaristas pasa que en general, el joven no tiene toda la prudencia que nos dan los años; pero si uno -por ejemplo- no sabe educarle en la prudencia, lo puede hacer temeroso, lo puede hacer cobarde y puede quitarle justamente eso tan hermoso que tiene el joven, que es el entusiasmo, el brío y, bueno, a veces la exageración. Muchas veces por querer formar gente equilibrada, se forman «minus- hombres». Ahí hay un equilibrio difícil de mantener y respecto al cual el educador tiene que tener mucho cuidado para no lograr lo contrario de lo que busca.

 Lo mismo podemos decir el tema «no ser del mundo» pero hay que «estar en el mundo»; la oposición que algunos hacen entre «amor de Dios» y «amor del prójimo»; o las crisis que se dan a veces porque algunos afirman la identidad en contra del pluralismo u otros que afirman el pluralismo en contra de la identidad. En el lenguaje de San Ignacio: «Dado que sea mucha verdad que ninguno se puede salvar sin ser predestinado y sin tener fe y gracia es mucho de advertir en el modo de hablar y comunicar en todas ellas. Algunos hablan de tal manera de gracia que es como si negasen la naturaleza y podría haber la contraria, otros hablan de tal manera de la naturaleza que da la impresión de que niegan la gracia»3 .

 En la regla 15ª«No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de costumbre; mas si en alguna manera y algunas veces se hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como algunas veces suele, diciendo: Si tengo de ser salvo o condenado, ya está determinado, y si por bien o mal, no puede ser ya otra cosa; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánima»4 .

 En la regla 16ª«De la misma forma es de advertir que por mucho hablar de la fe y con mucha intensión, sin ninguna distinción y declaración, no se de ocasión al pueblo para que en el obrar sea torpe y perezoso…»5 .

 Y, finalmente, en la regla 17ª«No debemos hablar tan largo instando tanto en la gracia, que se engendre veneno, para quitar la libertad. De manera que de la fe y gracia se puede hablar cuanto sea posible mediante el auxilio divino, para mayor alabanza de su Divina majestad, mas no por tal suerte ni por tales modos, mayormente en nuestros tiempos tan periculosos, que las obras y el líbero arbitrio reciban detrimento alguno o por nihilo se tengan»6 .

3. Los métodos de enseñanza. Es interesante cómo el Santo en estas Reglas para sentir con la Iglesia pone en su lugar importantísimo a los Santos Padres y cómo pone también en su lugar lo que él llama los doctores escolásticos: «alabar la doctrina positiva y escolástica; porque así como es más propio de los doctores positivos, como San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio, etc. -los Santos Padres-, el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios nuestro Señor, así es más propio de los escolásticos como Santo Tomás, San Buenaventura, el Maestro de las Sentencias, etc., el definir y declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias»7 ,etc. Nosotros tenemos que actualizar todo esto. Así como es importante tomar de los Padres positivos, los Santos Padres, su doctrina, porque inflaman nuestra voluntad en el deseo de amar a Dios y así como debemos tomar a los escolásticos porque nos enseñan a definir con precisión las cuestiones más importantes, evidentemente tenemos que actualizar esto y aprender de los santos. Acá tengo la lista que siempre uso:

– de Don Orione: la atención a los enfermos y deficientes, la confianza en la Providencia;
– del Cura de Ars: cómo atender una parroquia;
– de San Ignacio: el predicar Ejercicio Espirituales;
– de San Alfonso: las misiones populares;
– de Don Bosco: la educación de los niños, de los jóvenes, el espíritu que tiene que reinar en los campamentos;
– de San José Caffaso: como confesar; de San Juan de la Cruz y Santa Teresa lo que hace a la ascética y mística;
– de San Felipe Neri: lo que hace a la alegría;
– de San Luis María Grignion de Montfort: la devoción a la Santísima Virgen.

II

El ejercicio práctico de la vida cristiana.

1. Respecto a los actos de culto, dice en la regla 3ª«alabar el oír Misa a menudo»8 .

 Nosotros nunca tenemos que dejar de lado esto que es el corazón de nuestra vida; incluso, debemos ir perfeccionando en nuestras comunidades la participación litúrgica. Como saben las Servidoras, estoy escribiendo todavía, sobre el tema de la participación en la Misa, especialmente dedicado a las religiosas. En eso uno siempre puede mejorar, siempre puede aprender.

– «Asimismo cantos, salmos y largas oraciones en la iglesia…»9 . Los cantos: finalmente Jon, después de seis años de trabajo, parece que va a terminar el Cancionero Sagrado, si es que ahora no se le borró todo de la computadora, porque puede pasar cualquier cosa.
– «…y largas oraciones en la Iglesia y fuera de ella; así mismo habrá horas ordenadas destinadas a tiempo para todo Oficio Divino -la Liturgia de las Horas- y para toda oración y todas horas canónicas».

 En la 8ª regla: «Alabar ornamentos y edificios de Iglesias…»10 . Todo eso se puede mejorar. Hay algunos ornamentos que, con todo el respeto a los ornamentos, habría que quemarlos, porque son de la primera época, cuando nos regalaban ornamentos de otros lados porque ya no servían: eso hay que cambiarlo. Hay que saber invertir en las cosas de culto. Como decía Felipe II, el que hizo El Escorial, cuando le preguntaron: -»¿Cómo el piso de su departamento es de ladrillo?, él respondió: «Un palacio para Dios y una choza para el rey». ¡Bien nos podemos privar nosotros de cosas, pero no podemos privar lo que hace al esplendor del culto!
– «…asimismo imágenes y venerarlas, según que representan».

 Respecto de los sacramentos:

– «Alabar el confesar con sacerdotes, recibir el Santísimo Sacramento».

 Respecto de la devoción a los santos:

– «alabar reliquias de santos haciendo veneración a ellas, y oración a ello: alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias». Y, en laregla 12ª«Debemos guardar en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados, que no poco se yerra en esto, es a saber, en decir: éste sabe más que San Agustín, es otro o más que San Francisco, es otro San Pablo en bondad, santidad, etc.»11 . ¡No!, ¡no hay que hacerlo!

2. Respecto a la ascética cristiana, la regla 4ª«alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna de éstas»12 .

 La regla 5ª: «alabar voto de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras perfecciones de supererogación»13 .

 La regla 7ª«Alabar constituciones acerca de ayunos y abstinencias, así como cuaresma, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábados; asimismo penitencias no solamente internas, mas aun externas»14 .

 En la regla 18ª va ha hablar sobre el santo temor de Dios: «Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su Divina Majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, más aún el temor servil, donde otra cosa mejor más útil al hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal, y salido fácilmente viene el temor filial, que es todo acepto y grato a Dios Nuestro Señor, por estar en uno con el amor divino»15 .

3. Por último, respecto a la autoridad, la regla 10ª«Debemos ser más pronto para abonar y alabar así constituciones, comendaciones como costumbres de nuestros mayores; porque, dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablando contra ellas, sea predicando en público, sea platicando delante del pueblo menudo, engendrarían más murmuración y escándalo que provecho; y así se indignaría el pueblo contra sus mayores, sean temporales sean espirituales. De manera que así como hace daño el hablar mal en ausencia de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que puedan remediarlas»16 .

III

La limosna

 Ahora voy a la parte de limosna. Hoy día se entiende lamentablemente mal, muchas veces, lo que es la limosna. La limosna abarca absolutamente todo lo que hace al amor del prójimo.

 El Papa, en un discurso muy hermoso, justamente trata el tema este de la limosna y dice: «La limosna es mucho más. Es ayudar a quien tiene necesidad. Es hacer participar a los otros de los propios bienes. Es la disponibilidad a compartirlo todo. Es la prontitud en darse a sí mismo. Es la actitud de apertura interior hacia el otro».

 Nosotros cuando pensamos en limosna pensamos en los pobres; y está bien. Gracias a Dios, le podemos dar de comer, según los cálculos que yo tengo, alrededor de 600 pobres, almuerzo y cena; contando lo que hace la obra Corazón y voluntad, lo que hacen los tres Hogarcitos, los pobres que se atienden acá, en el Seminario Mayor, los que atienden las contemplativas, en Santa Catalina, etc. ¡Alrededor de 600 pobres para almuerzo y 600 pobres para la cena!, cosa que podemos hacer por gracia de Dios, por la Providencia.

 Pero pobres somos todos, esa es la cosa. A lo mejor estamos pensando hacer limosna, hacer bien al prójimo, el pobre que viene a pedir comida, y no nos damos cuenta que hay un pobre al lado nuestro: una hermana que está probada o que está triste, o que está angustiada, o que le va mal en los estudios… y que justamente tenemos que ayudar. ¡Y sí! ¡Tantas veces vemos los superiores mismos, como pasa con nuestro padres! Y si nosotros tenemos esa actitud de apertura interior hacia el otro, podemos ayudar, podemos hacer bien, debemos hacer bien.

 Cuando el Evangelio nos habla de la viuda pobre, no quita nuestro Señor valor a la limosna material, pero fíjense qué es lo que alaba Nuestro Señor. Pone énfasis Nuestro Señor en el valor interior del don:«dio todo lo que tenía». ¡Eran dos monedas!

 Por eso, en su sentido profundo, la limosna es un acto de amor al prójimo por amor de Dios y yo creo que acá hay un elemento también esencial para tener un sano «sensus Eclesiae».

 ¿Cómo practicarla? Cristo exige de mí una apertura hacia el otro. Pero, ¿hacia qué otro? Dice el Papa con signo de admiración: «Hacia el que está aquí en este momento. No se puede aplacar esta llamada de Cristo hacia un momento indefinido, en el que aparecerá el mendigo calificado y tenderá la mano».

 Debemos saber estar abiertos a todos los hombres, dispuestos a ayudarlos pronto, a ofrecerme.

 Debemos practicar la limosna cada día en las situaciones ordinarias de convivencia y de contacto, donde cada uno de nosotros es siempre el que puede dar a los otros, y hay que estar dispuesto a aceptar. Muchas veces aceptar es una forma de dar porque lo está haciendo sentir al otro útil. Por eso puedo y debo ofrecerme a los otros de múltiples maneras: con palabras buena, dando buenos consejos, con la sonrisa, dando el tiempo precioso, sabiendo visitar, sabiendo consolar. Es absolutamente lo contrario a vivir encerrado en una campana de cristal. Hay que saber perseverar continuamente en esa actitud interior de la apertura hacia los otros. Si hacemos así, cuando lleguen esas ocasiones extraordinarias donde aparece alguien en determinado momento…, si perseveramos en esa actitud interior, aprovecharemos ese momento a esa persona que viene con una necesidad concreta y buscaremos de ayudarle. Si no tenemos esa disposición interior, va a volver la persona que necesita, como pasa lamentablemente tantas veces, y la vamos a tratar mal y esa persona se va a ir.

 Hace poco recordaba aquí a los seminaristas una cosa que es de marketing, de empresa. Hicieron estudios estadísticos en los Estados Unidos que demostraron lo siguiente: cuando una empresa pierde un cliente después tiene que invertir 16 veces más para volverlo a recuperar. La Iglesia no es una empresa -¡claro!- pero si nosotros tratamos mal a la gente, después vamos a tener que gastar 16 veces más de tiempo, de pastoral, de esfuerzo para volver a conquistar, si es que, con la gracia de Dios, se puede. La gente se suele escandalizar cuando en nosotros, religiosos, sacerdotes y religiosas, no encuentra esa actitud interior de apertura a sus necesidades. Si no trabajamos por estar abiertos a los demás, nunca llegará el momento de ayudar a los necesitados.

 Por eso, el hecho de compartir con nosotros los propios bienes es una obligación grave por derecho natural y divino positivo. Así se expresa en las Sagradas Escrituras:

– en el Deuteronomio, capítulo 14: «nunca dejará de haber pobres en la tierra por eso te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra»
– en el libro de Tobías, capítulo 4 (???): «Según tus facultades haz limosna y no se te vayan los ojos tras lo que des. No apartes el rostro de ningún pobre y Dios no los apartará de ti. Si abundares en bienes, haz de ellos limosna, y si estos fueran escasos, según sea tu escasez, no temas hacerla. Con esto atesoras un depósito para el día de la necesidad, pues la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas y es un buen regalo la limosna en la presencia del Altísimo para todos los que la hacen» (7-12).
– en el Nuevo Testamento, por citar una sola cosa, en la Primera Carta de San Juan, capítulo 3: «Quien tuviere bienes en este mundo y viendo a su hermano padecer necesidad y le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (3, 17-18).

 Finalmente, «al atardecer de la vida -como dice San Juan de la Cruz- seremos juzgados en el amor».«Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo, etc.»

 Aprendamos a ver en nuestro prójimo a otro Cristo. Así incluso pasó, en esos casos excepcionales que se ven en la vida de los santos. San Gregorio Magno en San Pedro, el día del Jueves Santo, besando los pies de los doce pobres, en uno levanta la vista y ve… ¡el rostro de Cristo! San Camilo de Lelis le pasó lo mismo cuando daba de comer a los enfermos en el hospital. San Martín de Tours, cuando parte su capa para darle la mitad al pobre que tiritaba de frío y estaba en el puente; y a Santa Catalina de Siena, que fue nombrada ayer por el P. Hayes, dos veces le pasó lo mismo. Jesús, de una manera misteriosa pero real, está presente en todo prójimo.

 Por eso, pidamos la gracia para crecer en sentido eclesial, de vivir siempre auténticamente la caridad de Cristo. Que, finalmente, como dice Don Orione, «sólo la caridad de cristo salvará al mundo».

  


 1 En el librito de los Ejercicios Espirituales, estas reglas aparecen en la última parte, entre los números [353] y [370].
2 [365].
3 [366], regla 14ª.
4 [367].
5 [ 368].
6 [369 ].
7 [363 ], regla 11ª.
 8 [356].
9 Ibidem.
10 [360].
11 [364].
12 [356].
13 [357].
14 [359]
15 [370]
16 [363]