Hay algunas preguntas que se dirigen a todos los hombres de todos los tiempos y cuyas respuestas deben dar y deberán dar todos los hombres mientras dure el tiempo.
Son preguntas tan fundamentales que su respuesta tiene sabor a eternidad. A eternidad de desgracia o a eternidad de felicidad sin fin.
Preguntas hechas a nosotros y preguntas hechas por nosotros; en fin, preguntas que, de una u otra manera, involucran a toda la humanidad. Seguir leyendo
El gran tema y el tema central de la cruz es el Señor Jesucristo.
Él es el objeto principal de nuestra fe. Él es el sentido de nuestra vida. Él es la suma de todas nuestras más íntimas aspiraciones. Él toda nuestra esperanza. Él el gran amor de nuestra vida. Con Él todo tiene sentido. Sin Él la misma luz del sol es oscuridad. Él es el Enviado del Padre «me ha enviado» (Jn 8,43). Él es el Testigo que posee la verdad divina[1]. Él es el Profeta que trasmite con autoridad verdades divinas[2]. Él es el Maestro auténtico de la humanidad[3]. Seguir leyendo
En la acepción litúrgica, por patrono se entiende la Bienaventurada Virgen María, el Santo o el Beato que por una antigua tradición o por una legítima institución se celebra como protector o intercesor ante Dios.
El patrono se distingue del título o titular (que da nombre) de una iglesia, de una congregación, de una comunidad, aún cuando el título en cierto modo supone un patronato.
Todo el pueblo cristiano «por el instinto de la gracia»[1] que Dios le ha dado, venera devotamente a los santos porque bien sabe que ellos son testigos de Dios, han llevado la antorcha de la santidad, son los mismos rostros de Cristo, nuestros patronos celestiales y nuestros intercesores. Seguir leyendo